Y no puedo dejar de recordar en esos momentos a la miá, que ya no está aquí, y pienso hacia mis adentros, que debí decirle mas a menudo que la quería, mientras me digo que las cosas deben decirse a tiempo, para , entre otras cosas, no arrepentirnos después.
También recuerdo a Manolo, un cliente mio, de unos sesenta y pico largos, con quien aun doblándome la edad, forjamos una amistad basada en el cariño mutuo, y el respeto.
También me arrepiento de haber dejado pendiente aquella comida, por la que tantas veces me llamó y a la que nunca podré acudir, porque también nos dejó, de un día para otro, si esperarlo, dejando un vacío en mi enorme, y el regusto amargo de no haber cumplido mi promesa de verle pronto.
A estos pensamientos, me venia a la cabeza, que las personas de la tercera edad, a menudo, se vuelven invisibles para la sociedad en que vivimos.
Una sociedad basada en el consumismo y la imagen, una sociedad egoísta, en la que el individualismo y el propio bienestar, es lo único que nos preocupa, y anula toda capacidad de ver cuanto ocurre a nuestro alrededor, y las personas que estamos metidas de un modo u otro en el mundo animalista, nos damos cuenta, que los animales no escapan a tan cruel tendencia.
Los refugios, albergues, protectoras...Están repletos de perros de todas las razas, cruzados, galgos y podencos. Muchos de ellos son abueletes.
Abueletes, invisibles, transparentes, para muchas de las personas que ven desfilar ante sus ojos, ante su vida, detrás de unos fríos barrotes, donde esperan, esperan y esperan...
Esperan que un día, alguien gire la cabeza y se agache hacia ellos, que les de un acaricia, que les de una oportunidad.
Los abueletes de galgo, de podenco, que llegan a la tercera edad, no son una mayoría, debido a la miserable y durísima vida a la que están condenados, por nacer galgos y en España.
Así que los que llegan, y que han pasado largos años de calamidades, ya no esperan nada de la vida.
Ya han vivido lo que creen que solo puede ofrecer esta vida. Trabajo, frió , hambre, y palos.
Solo esperan su final, y me atrevería a decir, que intuyen que no será dulce.
Así que, cuando alguien les adopta, y les ofrece un hogar , una familia, un calor que jamás creyeron que existiera, se aferran al amor de esa familia, y ya no esperan a la muerte. Quieren vivir esa nueva vida y ofrecen lo mejor de ellos. Es como si rejuvenecieran...
Cuando pienso en todos ellos, se me encoge el corazón, mientras me digo que muchos se irán de este mundo, sin haber sido querido jamás, sin conocer la paz, que solo puede darte el saber , que los tuyos están cerca.
Y me digo, que mas allá del dolor de su cuerpo estragado y del frío en su piel, deben sentir un profundo pesar.
El pesar de un alma sola, abandonada, a quien nadie quiere, y que no tiene a quien querer, pero si tiene, mucho que ofrecer.
Y solo espero, que en el espíritu del verdadero adoptante, prevalezca su deseo de ayudar, y lo anteponga a cualquier raza, color, o por supuesto edad.
Así, que solo me queda por decirte, que si estas pensando adoptar, no descartes a un abuelete de galgo o de podenco, solo por su edad, pues tiene mucho que ofrecerte, mucho mas de lo que imaginas.
Hoy te propongo, que la próxima ves que salgas a la calle, mires a los lados, y después pienses...
¿ te has cruzado hoy con algún abuelete? ,
Si tu respuesta es no, no vayas a pensar que se han quedado todos en casa, no...
Simplemente , tu no los has visto.
¡¡Pon un galgobuelo en tu vida!!























